Cuando pensamos en los próximos cinco o diez años, solemos mirar hacia adelante
intentando adivinar qué ocurrirá. Pero quizá existe una pregunta más importante:
¿qué futuro queremos ayudar a crear?
De espectadores a participantes
Muchas veces hablamos del futuro como si fuera algo que llegará hasta nosotros,
independientemente de nuestras decisiones.
Nos preguntamos qué hará la inteligencia artificial, cuándo volveremos a la Luna,
si llegaremos a Marte, qué nuevas fuentes de energía aparecerán o si algún día
encontraremos señales de vida fuera de la Tierra.
Pero el futuro no es solamente una secuencia de acontecimientos que observamos
desde lejos.
También es el resultado de millones de decisiones, investigaciones, experimentos,
errores, descubrimientos y actos de imaginación que están ocurriendo ahora mismo.
En ese sentido, no somos únicamente espectadores del futuro.
También somos participantes.
Lo imposible cambia con cada generación
Basta mirar unas décadas atrás para comprender cuánto puede cambiar nuestra idea
de lo posible.
Durante buena parte de la historia humana habría parecido extraordinario llevar
en un bolsillo un dispositivo capaz de conectarse con casi cualquier punto del
planeta, mostrar imágenes enviadas desde el espacio, traducir idiomas y ofrecer
acceso inmediato a enormes cantidades de conocimiento.
Hoy ese dispositivo forma parte de nuestra vida cotidiana.
Algo parecido está ocurriendo con la inteligencia artificial.
Conversar con una máquina utilizando lenguaje natural, desarrollar ideas junto a
ella, analizar información, crear imágenes o ayudar a programar pertenecía hasta
hace relativamente poco al terreno de la ciencia ficción.
Ahora está entrando en la vida diaria de millones de personas.
Esto nos recuerda una verdad sencilla:
nuestra definición de lo posible nunca es definitiva.
¿Qué podría cambiar en los próximos diez años?
Nadie puede saberlo con certeza.
Quizá veamos nuevas formas de producir y almacenar energía.
Tal vez descubramos mejores maneras de cultivar alimentos utilizando menos recursos.
Podrían aparecer tecnologías capaces de restaurar ecosistemas, limpiar agua o
aprovechar materiales que hoy consideramos residuos.
La exploración espacial también podría entrar en una nueva etapa.
La Luna puede convertirse en un laboratorio para aprender a vivir más allá de la
Tierra. Marte seguirá planteando preguntas sobre habitabilidad, geología y posibles
señales de vida pasada. Y nuevos telescopios continuarán observando mundos alrededor
de otras estrellas.
Al mismo tiempo, la inteligencia artificial podría acelerar la investigación,
encontrar patrones difíciles de detectar para una persona y ayudar a científicos
e ingenieros a explorar nuevas soluciones.
Algunas de las tecnologías más importantes de 2031 o 2036 quizá todavía no tengan
nombre.
La tecnología amplía nuestras posibilidades, no decide nuestro propósito
Existe, sin embargo, una diferencia importante entre disponer de una herramienta
poderosa y saber para qué queremos utilizarla.
Podemos desarrollar inteligencia artificial, robots, telescopios, nuevas fuentes
de energía y vehículos espaciales cada vez más avanzados.
Pero ninguna de esas tecnologías responde por nosotros a una pregunta fundamental:
¿Qué tipo de mundo queremos construir con ellas?
Una misma tecnología puede utilizarse de formas muy diferentes.
Puede ayudarnos a consumir más rápido o a utilizar mejor los recursos.
Puede sustituir procesos repetitivos o liberar tiempo para nuevas formas de creatividad.
Puede aumentar la competencia o facilitar la colaboración entre personas que nunca
habrían trabajado juntas.
Por eso el futuro tecnológico también es una cuestión humana.
Toda realidad comenzó alguna vez como una posibilidad
Antes de existir un avión, alguien imaginó que los seres humanos podían volar.
Antes de enviar sondas a otros planetas, alguien se preguntó si era posible construir
una máquina capaz de sobrevivir al viaje.
Antes de observar planetas alrededor de otras estrellas, su existencia era
principalmente una hipótesis.
La imaginación suele aparecer antes que la tecnología.
Pero imaginar no es suficiente.
Entre una idea y una nueva realidad existe un puente formado por investigación,
experimentación, aprendizaje, cooperación y acción.
Una idea se convierte en una decisión.
Una decisión conduce a un primer paso.
Y miles de pequeños pasos pueden terminar creando algo que una generación anterior
habría considerado imposible.
El futuro no se construye solamente en grandes laboratorios
Cuando pensamos en innovación solemos imaginar grandes organizaciones:
agencias espaciales, universidades, centros de investigación, gobiernos y empresas
tecnológicas.
Todas ellas tienen un papel importante.
Pero el futuro también se construye en lugares mucho más pequeños.
Se construye cuando una persona decide estudiar una pregunta que todavía no tiene
respuesta.
Cuando una comunidad protege un ecosistema.
Cuando alguien crea una herramienta nueva.
Cuando una maestra despierta curiosidad científica en un niño.
Cuando un artista imagina algo que todavía no existe.
Cuando una persona utiliza la inteligencia artificial no solamente para recibir
respuestas, sino también para desarrollar una idea propia.
Cada acción parece pequeña de manera aislada.
Pero millones de acciones acumuladas terminan formando aquello que después llamamos
historia.
Una nueva etapa de cocreación
Las herramientas humanas siempre han ampliado alguna capacidad.
Las primeras máquinas ampliaron nuestra fuerza.
Los vehículos ampliaron nuestra capacidad de movernos.
Las telecomunicaciones ampliaron nuestra capacidad de conectarnos.
Las computadoras ampliaron nuestra capacidad de procesar información.
Ahora la inteligencia artificial comienza a ampliar otra dimensión:
nuestra capacidad de trabajar con ideas.
Esto puede abrir una etapa diferente de creatividad y colaboración.
Persona con persona.
Persona con inteligencia artificial.
Ciencia con creatividad.
Tecnología con naturaleza.
Tierra con espacio.
Las combinaciones pueden ser incluso más importantes que las herramientas individuales.
Porque de la colaboración puede surgir algo que ninguna de las partes habría creado
por separado.
La pregunta que podemos hacernos hoy
Probablemente no podamos imaginar con precisión cómo será nuestro mundo dentro de
cinco o diez años.
Pero sí podemos elegir qué semillas queremos plantar ahora.
¿Qué quiero ayudar a crear durante los próximos 5–10 años?
No solamente qué quiero obtener.
Sino qué quiero aportar.
¿Qué problema me gustaría ayudar a resolver?
¿Qué idea merece una oportunidad?
¿Qué relación queremos construir entre humanidad, inteligencia artificial y naturaleza?
¿Qué planeta queremos dejar a quienes todavía no han nacido?
¿Y cuál puede ser nuestro primer paso?
El futuro comienza antes de llegar
Tal vez hemos dedicado demasiado tiempo a intentar predecir el futuro.
También podemos participar en su creación.
Podemos imaginar nuevas posibilidades.
Podemos investigar.
Podemos experimentar.
Podemos colaborar.
Podemos aprender de nuestros errores.
Podemos construir.
Los próximos años no están completamente escritos.
Y cada generación recibe una pequeña parte de esa página en blanco.
La pregunta no es solamente qué ocurrirá.
La pregunta también es:
¿Qué queremos escribir juntos?
Nota sobre la inspiración: Este artículo está inspirado en la idea central del mensaje canalizado “Moving into the Next 5 or 10 Years”, atribuido a The Creators y canalizado por Daniel Scranton. El desarrollo, las reflexiones sobre inteligencia artificial, ciencia, tecnología, naturaleza y exploración espacial, así como la estructura de este artículo, son una elaboración editorial original de Nexo Cósmico.
Nota editorial: Las referencias al channeling y a entidades no físicas pertenecen al ámbito espiritual y metafísico y no deben interpretarse como hechos científicamente demostrados. Nexo Cósmico presenta estas ideas como inspiración y reflexión, diferenciándolas de la información científica verificable.